EL HABLA ALMERIENSE La explicación de la estructura lingüística de la provincia de Almería sólo es posible teniendo en cuenta el marco geográfico y su pasado histórico, pues ambos aspectos son muy peculiares. Situación geográfica: La provincia de Almería está situada en el sureste de la Península Ibérica. Limita con las provincias de Granada y Murcia. La provincia cubre 8.774 kilómetros cuadrados con una población de 500.000 habitantes, de los que más de 170.000 viven en la capital de la provincia, Almería (datos año 2000). Esta provincia es la más calurosa y árida de Europa, con una media de 3.100 horas de sol año, y menos de 150 mm de precipitación en Cabo de Gata, casi un desierto. El abrupto relieve de la provincia, con grandes conjuntos montañosos de la Penibética (Sierra de Gádor, Nevada, Filabres, Alhamilla, Cabrera, …), que encajan algunos valles de ríos-ramblas (Almanzora, Andarax) y unas pocas llanuras (los Campos –De Dalías, Tabernas, Níjar), repercute en una definida comarcalización de la misma. Pueden destacarse las siguientes comarcas de Norte a Sur: Los Vélez, Valle del Almanzora, Campo de Tabernas y Sierra de Filabres, Valle del Andarax y Campos de Níjar, y Poniente y Alpujarra almeriense. Esta compartimentación del relieve favorecerá matizaciones lingüísticas para cada una de las comarcas. Tradicionalmente ha sido la agricultura casi de subsistencia y la ganadería trashumante, así como la efímera explotación de mineral (plomo, hierro) la base de la economía almeriense. Pero desde la década de los años 70 del pasado siglo la provincia ha experimentado un extraordinario desarrollo económico, destacando la agricultura intensiva de invernadero, la pesca en su amplio litoral mediterráneo, la industria del mármol en la zona media de la cuenca del Almanzora (Macael, Olula del Río,…) y, dentro del sector servicios, el turismo de playa. Estos aspectos muy genéricos de la geografía almeriense influyen decisivamente en su habla peculiar. Así, la cercanía a Murcia va a repercutir en una gran influencia del habla murciana en las poblaciones de la zona central y norte de la provincia almeriense (Cuenca del Río Almanzora y Los Vélez), pues los flujos humanos y económicos entre las dos provincias son muy intensos, tanto en la historia como en el presente. Por otro lado, la definida comarcalización geográfica repercute en una clara matización del propio habla almeriense, de tal manera que puede hablarse de un habla almeriense propia de Las Alpujarras, bastante distinta de la de Los Vélez o de la ciudad de Almería, por ejemplo. Datos básicos de la historia de Almería y su influencia lingüística: la trascendencia de las repoblaciones A pesar de la importancia de los pueblos prehistóricos y protohistóricos en Almería (Culturas de Los Millares y de El Argar) e íberos, nada ha quedado reflejado en la lengua. De las colonizaciones fenicia, griega y romana son los primeros vestigios lingüísticos conservados, aunque sea a través de topónimos: Abula (Abla), Baria (Vera), Abdera (Adra), Vergi (Berja), etc. Sin embargo, debe destacarse que sobre el latín vulgar del siglo VII d.C. derivó el castellano. Los musulmanes dejaron huella, a lo largo de ocho siglos, en todos los aspectos de la vida: más de 4.000 términos en el castellano actual. Sin embargo fueron las diversas repoblaciones cristianas de Andalucía las que influyeron de manera decisiva en la formación de las hablas andaluzas: primero la zona occidental de Andalucía, el Valle de Guadalquivir, a mediados del siglo XIII en los reinados de Fernando III el Santo y Alfonso X. Los repobladores son gentes de Castilla, sobre todo leoneses y gallegos. Es aquí donde durante los siglos XIV y XV se conforma el habla andaluza, de tal manera que, cuando se conquista el último baluarte musulmán del Reino de Granada en 1492, el andaluz es ya un hecho. La actual provincia de Almería había sido conquistada por los Reyes Católicos en diciembre de 1489 y fue repoblada por castellanos, andaluces, levantinos y murcianos. Pero estos “cristianos viejos” sólo fueron una pequeña minoría recluidos en las ciudades amuralladas (Almería, Vera, Mojácar, Purchena). Más del 80% de la población almeriense siguió siendo musulmana, convertida a la fuerza al cristianismo en 1502, conociéndose a partir de entonces como moriscos. Tras una coexistencia imposible entre cristianos y moriscos (intolerancia religiosa y de costumbres, marginación económica, insoportable presión fiscal, etc.), estalló la sublevación de los moriscos en 1568, cuya guerra terminó en 1570 con la derrota y deportación de éstos de Almería y resto del Reino de Granada hacia zonas alejadas de la península. Se produce, así, la segunda repoblación, desde 1571 hasta finales del siglo XVI (Felipe II). Esta repoblación puede considerarse crucial, pues afecta a toda la geografía almeriense, que había quedado desierta tras la expulsión. Atraídos por el reparto de tierras y casas que habían dejado los moriscos, una marea humana fue asentándose, no sin graves problemas, en los diferentes pueblos y ciudades. El origen de estos repobladores es muy diverso, aunque predominan los oriundos de zonas cercanas: Murcia, Alicante, Valencia, Castilla la Nueva, Andalucía Occidental y el Santo Reino de Jaén. Esta repoblación filipina se hizo siguiendo lazos de “paisanaje”, es decir, comunidades de numerosas familias de un mismo pueblo o comarca perfectamente organizadas se desplazaron a la actual provincia de Almería. Trajeron sus costumbres y modos de vida y, por supuesto, su habla. Aunque en cada núcleo repoblado existen pobladores de diverso origen, siempre hay un grupo geográfico que predomina: así la zona de la Alpujarra y sur de Almería se repueblan con andaluces occidentales y jienenses; el valle del Almanzora y comarca de Los Vélez, con murcianos; el valle del Andarax, Almería y Campo de Níjar con valencianos (alicantinos y valencianos), murcianos y jienenses. El valle medio del Andarax, el antiguo señorío del duque de Maqueda, fue repoblado casi íntegramente por valencianos; no cabe duda que durante cierto tiempo se hablase valenciano, como queda atestiguado en algún documento. Los pobladores trajeron no sólo el habla, sino también sus costumbres: devoción a la Virgen de la Cabeza (Jaén), zaragüelles y chaleco al estilo de Murcia y Valencia, afición a la música y estruendo de pólvora en zonas de influencia valenciana, “auroras” y “cuadrilla de Ánimas” de influencia murciana en los Vélez, etc. Las relaciones con el arco mediterráneo fueron una constante en la historia de la provincia de Almería, así como en el presente: comerciantes valencianos y pescadores catalanes frecuentaban las costas almerienses desde la Edad Media. La terminología marinera está llena de catalanismos: ictiología (peces), artes de pesca, Barcos (Baca o barco de arraste, de bous catalán), toponimia: alguer, El Palmer, baca de arrastre,… Por otro lado, la provincia almeriense ha sufrido un aislamiento secular: pésimas comunicaciones, piratería en sus costas,… Esta situación de periferia y aislamiento ha determinado una evolución peculiar de sus hablas y la permanencia de numerosos arcaísmos del castellano antiguo. Si al léxico unimos la fonética, cabe hablar de las “hablas almerienses”, pues existen rasgos lingüísticos diferentes entre las comarcas, incluso en la misma ciudad de Almería. En definitiva, la especial geografía montañosa de la provincia y las repoblaciones han determinado diferentes “hablas almerienses, o como titula el lingüista Antonio Martínez González, la provincia de Almería es “una encrucijada lingüística”. La posición fronteriza de la provincia ha facilitado que aparezcan el ella orientalismos (catalanismos y aragonesismos, que han entrado a través del murciano, y murcianismos), que se han convertido en voces propias de Andalucía Oriental: ababol (amapola), baladre (adelfa), bancal (haza), panizo (maiz), panocha (mazorca), mancaje (escardillo), tranco (escalón del portal), angustia (naúseas), colorín (jilguero), pipirrana (cierta ensalada), zafa (palangana), tarquín (cieno), trompo (peonza), guizque (aguijón). En el léxico marinero el número de orientalismos (fundamentalmente catalanismos) es muy abundante: alguer (fondo de alga), bornoy (boya de palangre), zurillo (corcho de la red), , brótola, castañuela, chucla. Léxico de origen murciano: abercoque por albaricoque; tápena por alcaparra; alhábega por albahaca, chino por marrano (cerdo), graja por urraca, melón de agua por sandía, melón de año por melón, aliaga por aulaga, espliego por alhucema, jinjolero por azufaifo, adelfa por baladre,… Repoblación: la influencia de la terminación en ICO para el diminutivo, de origen murciano y, a su vez, de Aragón, pues fueron aragoneses los que repoblaron la vecina Murcia a mediados del siglo XIII. Léxico marinero: según costumbres, como denominar algunos peces como animales o aves de corral: así gallineta, gallo, pollo o pollico… La provincia de Almería como encrucijada lingüística Destacan los trabajos de Antonio Martínez González, profesor de la Universidad de Granada “La encrucijada lingüística almeriense”, en Las hablas andaluzas ante el siglo XXI, Instituto de Estudios Almerienses, Almería, 2002, pp. 101-127 Hoy es admitido que no existe una única habla andaluza, sino varias “hablas andaluzas”, como el gaditano, el cordobés o el almeriense.
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